En tiempos de incertidumbre, se suceden con certidumbre relatos que, aunque concurren en contextos novedosos, presentan desarrollos y desenlaces bien conocidos.

He aquí un compendio de dichos relatos, agrupados en pares, e inspirados en eventos relativamente recientes, tratando de encontrar los puntos en común que puedan conducir a elucidar las causas que llevan a una sociedad a caer una y otra y otra vez en los mismos errores del pasado, creyendo además que con ello se está avanzando hacia un futuro mejor.

El objetivo de este análisis es responder a una pregunta trascendental: ¿Por qué de la crisis del Coronavirus no surgió (ni surgirá) un nuevo 15-M?

El dedo acusador

Permitidme que comience con un aparente macguffin, con una historia que parece no tener relación con el resto de historias de este compendio, pero que en realidad resulta necesaria como hilo de unión.

En este cuento el héroe es un villano, y lo que ocurre en el cuento y lo que a este villano le sucede a nadie le importa en absoluto. En esta historia, todo el contenido queda en segundo plano y la atención se centra en certificar en cada párrafo la condición de villano del protagonista. No importa el contexto ni las circunstancias. No importa el fondo. No importa la coherencia narrativa. En el s. XXI no se analizan ni relatan sucesos, sino que se toman conclusiones morales y después se justifican con falacias de aires pseudo-científicos o pseudo-detectivescos con el único objetivo de sustentar la propia superioridad moral.

El escenario es un estadio de fútbol, en un tiempo pretérito en el que las gradas estaban abarrotadas de gente gritando, cantando y adjetivando a los protagonistas sobre el césped. La historia en sí, es decir, es decir, la parte que a nadie interesa, muy sencilla: En el descanso del partido, los jugadores de un equipo se encuentran con que uno de sus compañeros está hundido, llorando en el vestuario, debido a los insultos recibidos desde las gradas. Como gesto de apoyo hacia su compañero, hablan con el equipo rival y con el árbitro y, entre todos, deciden suspender el partido en solidaridad con un colega que lo está pasando mal. Fin.

Sí, lo sé, la historia no tiene la más mínima importancia. Pero, como avanzaba un par de párrafos atrás, lo que importa en este relato no es la historia, sino el contenido del insulto recibido por el jugador y la constatación de si ese jugador es realmente o no aquello que se le está llamando: un «nazi».

Todas las agencias de detectives y justicieros de las redes sociales se apresuraron en buscar pruebas de su culpabilidad. Por ejemplo, fotos personales sonriendo y señalando un marcador de un partido de baloncesto, evidencia irrefutable de que en su tiempo libre se dedica a torturar y asesinar judíos en masa.

Obviamente, lo que se buscaba no eran pruebas que demostraran la culpabilidad del acusado, sino excusas que justificaran el propio desdén hacia ese desconocido al que, de repente y sin análisis mediante, se ha pasado a conocer mejor que nadie.

Lo que todos esos ególatras de las redes buscaban no era justicia. Lo que buscaban era la constatación, a partir de un cabeza de turco arbitrario, de la superioridad moral de la que gozan al haber sido bendecidos por su pertenencia a la religión del Bien Supremo. La culpabilidad de ese señor ya estaba decidida de antemano, y lo único que hacía falta eran excusas que legitimaran el linchamiento al que todos se habían unido desde el comienzo sin pararse a analizar la situación ni por un instante.

Y, con la determinación arbitraria del culpable y el consiguiente linchamiento, esta historia llega a su fin. No sin antes añadir, a modo de apéndice, el artículo que ya escribí en su día sobre prejuicios, ideología y linchamientos públicos.

El dedo acusador – segunda parte

Poco más de un año después del incidente anterior, la historia se repite —más o menos—, con la principal salvedad de que el insulto esta vez no es «nazi», sino «negro de mierda». En este caso, nadie se esfuerza en comprobar o reivindicar si el jugador presuntamente insultado es o no es realmente un «negro de mierda». Según la lógica de los narradores del anterior relato, eso debería ser lo más relevante. Y, si el protagonista de esta historia pudiera ser realmente certificado como un auténtico «negro de mierda», entonces los supuestos insultos estarían justificados y todos deberíais repetirlos y uniros a un nuevo linchamiento.

No obstante, como digo, en este caso la lógica anterior, por algún motivo, ya no aplica. Esta vez sí se respeta la presunción de inocencia del insultado. Pero —disculpad que haya guardado el giro argumental hasta ahora, cual truco de mal guionista— en este segundo suceso hay otra pequeña diferencia: el único que pudo escuchar los supuestos insultos es el protagonista. Es decir, no hay pruebas de que haya sido realmente insultado. Y es aquí donde un segundo giro argumental convierte esta secuela en digna réplica del original. Esta vez, la presunción de inocencia que se pisotea no es la del agredido, sino la del agresor.

Otro truco de mal guionista, pero en este caso utilizado por los narradores oficiales y no por mí, es el que argumenta, de manera demagógica, que el motivo por el que en el relato anterior el partido terminó suspendido y, en el presente relato, no es única y exclusivamente el contenido del insulto. Nada importa lo que hablaran y decidieran los protagonistas, ni las circunstancias en términos deportivos que rodeaban a cada caso. En realidad, parece ser que todos los implicados en ambas historias no pensaban en sus compañeros ni en el partido de fútbol, sino en las ideologías de los que los iban a juzgar más tarde. En realidad, todos pertenecen a una asociación nazi secreta y recibieron órdenes del führer para suspender y continuar el partido respectivamente. Porque un relato, sea sobre fútbol o sobre bricolaje, no puede existir si no se introducen de manera artificial las creencias ideológicas de quien lo interpreta.

Así, de manera idéntica al caso anterior, los Sherlocks de Twitter no necesitan analizar los hechos ni hallar pruebas para revelar qué sucedió en realidad. Sólo necesitan un culpable, y ya lo han encontrado. En la historia original el culpable fue el agredido y en la secuela lo fue el agresor. ¿Por qué? No voy a ser yo quien dude del impoluto criterio de quienes escriben sendos guiones de escasa lógica y rebosante moralidad. 

La moraleja que quiero añadir a estos dos primeros relatos es que, en el s.XXI, la narración de un suceso no se centra en los hechos ni en los protagonistas, sino en las creencias personales de cada lector. Los protagonistas no son individuos con sus correspondientes circunstancias, sino proyecciones, creadas a posteriori, de las propias ideas de aquéllos que los juzgan. Y no son juzgados por sus actos, sino por la posición ideológica que se les ha asignado arbitrariamente y sin su consentimiento. Con lo cual, he aquí el meollo de la cuestión, aquello que sucede no puede en realidad haber sucedido a menos que se adapte a una de las posibles interpretaciones de quienes juzgan sin conocimiento alguno de las circunstancias. Esto se entiende mejor con un ejemplo, y no hay mejor ejemplo que el propuesto por este propio relato.

En esta historia, el desenlace sólo acepta dos posibles finales, sin que ninguno de ellos haya sucedido en realidad necesariamente: o bien el insulto ocurrió tal cual lo describe la víctima, o bien la supuesta víctima miente. En cualquiera de estos dos supuestos, todos los consumidores del relato, que son quienes en última instancia deciden qué sucedió aunque en realidad no tengan ni puta idea de qué sucedió, tendrían un culpable y una justificación para unirse a un linchamiento.

Un tercer posible final, que de hecho resultaría muy creíble en un mundo en el que primaran los hechos y no las creencias, es que el supuesto agresor dijera algo y que la supuesta víctima entendiera otra cosa y todo haya sido sólo un malentendido. Este desenlace, tan racional y verosímil desde un punto de vista imparcial, nunca sucedió ni podrá suceder en el s. XXI, incluso en el caso de que fuese lo que hubiera sucedido en realidad. Los relatos en el s. XXI requieren, para poder llegar a existir, dos bandos bien definidos, un vencedor moral y un linchamiento final al enemigo vencido.

En el s.XXI, las narraciones no se centran en los hechos ni en los protagonistas, sino en las creencias personales de cada lector, y los protagonistas son proyecciones, creadas a posteriori, de las ideas de aquéllos que los juzgan tweet

Pedro y el virus

Érase una vez un joven científico llamado Pedro que se pasaba el día encerrado en su laboratorio, investigando.

Un día, empezaron a llegarle mensajes de compañeros de profesión en el lejano Oriente alertando de la aparición de un nuevo virus, altamente contagioso y de efectos sobre la salud desconocidos. Pedro, sobresaltado por las preocupantes noticias, subió a la azotea de su laboratorio con un megáfono y comenzó a gritar:

– ¡Atención! ¡Que viene el virus! ¡Hay que empezar a tomar medidas para evitar su propagación!

Los habitantes soltaron una carcajada ante la advertencia de Pedro y comenzaron a insultarlo: «¡Alarmista!» le gritaban. «Todos los años hay gripe y no pasa nada,» le aclaraban dado que ellos poseían una sabiduría mística que un científico jamás podría entender.

Pedro, enfadado, regresó a su laboratorio a investigar el virus y buscar soluciones antes de que fuese demasiado tarde.

Poco después, empezaron a llegarle mensajes de un lugar mucho más cercano, con preocupantes noticias. El virus había recorrido ya varios miles de kilómetros y estaba causando incontables muertes y otras tantas dolencias, además de colapsar el sistema sanitario y generar problemas sociales y económicos de diversa índole. El panorama en ese país cercano era desolador.

Puesto que no le quedaba otra, intentó de nuevo alertar a la población desde su azotea.

– ¡Atención! ¡El virus ya está a punto de llegar aquí! ¡Mucha gente está muriendo! ¡Otra mucha gente está perdiendo su trabajo! ¡Por favor! ¡Hay que tomar medidas preventivas antes de que sea demasiado tarde!

De nuevo fue recibido con arrogantes carcajadas y hasta con enfados: «¡Alarmista! ¡No tienes ni idea! ¡No es más que una gripe!», le gritaban. «¡Vuélvete a tu cueva! ¡Deja de intentar manipularnos!»

Pedro, realmente indignado y triste, se volvió de nuevo al laboratorio a seguir investigando en busca de otras posibles soluciones.

Un tiempo después, el virus finalmente llegó. Las consecuencias fueron incluso peores que allá en los lugares desde los que le alertaron. Entonces Pedro, mientras trabajaba, fue interrumpido por el ruido de una multitud a las puertas de su centro de investigación. Como de costumbre, subió a la azotea con su megáfono.

– ¡¿Dónde está la vacuna?! – le gritaban – ¡¿Qué medicinas debemos tomar para luchar contra el virus?!

Pedro, en su frustración, cogió su megáfono y respondió:

– ¿Por qué no escuchasteis mis advertencias? Si se hubiesen tomado medidas preventivas, ahora no estaríamos en esta situación, y podríamos dedicar el tiempo necesario a buscar vacunas o tratamientos efectivos contra la enfermedad. ¿Por qué no quisisteis escuchar en su momento?

Sorprendentemente para Pedro, la multitud agolpada frente a su azotea respondió de nuevo con carcajadas, arrogancia y odio: «¡Capitán a posteriori! ¡Qué fácil es criticar ahora! ¡No se podía saber lo que iba a ocurrir, listillo!»

El otro Pedro y el otro virus

Érase una vez un apuesto presidente del gobierno llamado Pedro que se pasaba el día en su despacho, haciendo nada.

Un día, la sombra de un mortífero virus comenzó a cernerse sobre su país. «Bueno, es sólo alarmismo», pensaba el bueno de Pedro. Y siguió dedicándose a hacer nada.

Más tarde, el virus efectivamente llegó y arrasó con su país. Los políticos de la oposición, quienes también habían estado dedicándose a practicar la nada, se apresuraron a exigir responsabilidades a Pedro.

Pedro, preocupado, intentaba buscar una manera de salir del entuerto haciendo lo que mejor sabe hacer: nada. Y, como venía sucediéndole hasta ahora, la estrategia le funcionó. Sin saberse muy bien de dónde procedían, un ejército de fieles seguidores salió en su defensa y comenzó a atacar a todo el que cuestionara su gestión.

«¡Oportunistas! ¡No se podía saber nada!», gritaban los seguidores de Pedro al unísono.

«Un momento… Si no se podía saber, ¿cómo es que había alarmismo?», pensó Pedro en un inusual instante de lucidez. «Bueno, mejor callarme y seguir a lo mío, que ellos me defienden mejor de lo que lo haría yo». Y siguió haciendo nada, y también a veces hablando mucho sin llegar nunca realmente a decir nada.

«Hacemos lo que nos recomiendan los expertos», decía, y se giraba para buscar una mirada cómplice en tales expertos, pero sólo hallaba la nada en la que vivía, pues tales expertos no existían. Y si algún experto de verdad osaba cuestionar la gestión de Pedro, al instante el silencio era invadido por los estruendosos ladridos de millares de perros guardianes, y el experto dejaba de ser experto para convertirse en malvado fascista.

Y el virus siguió campando a sus anchas. Y Pedro, también. Como ídem por su casa. Así, ante cualquier voz que se alzara en contra de una gestión que estaba costando incontables desgracias para el pueblo, era el propio pueblo el que se lanzaba a la yugular para hacer callar esa voz al instante.

Pedro había sido bendecido por otra pandemia, la provocada por otro virus: el del fundamentalismo. Un virus con una velocidad de propagación mucho más rápida y de cura desconocida, pues lo que genera en el organismo son anticuerpos que rechazan cualquier tipo de medicina y se hacen más y más fuertes con cualquier intento de acabar con ellos.

Y es por ello que esta historia no tiene final, o al menos no uno que pueda vislumbrarse aún. El virus biológico terminará por desaparecer con el tiempo, gracias a los esfuerzos de la comunidad científica. Pero el otro virus, el del fundamentalismo, parece haberse establecido ya en sociedad, y necesitaría de un milagro. Un milagro que ya sucedió recientemente, hace escasamente 10 años…

Cuando señalabais hacia arriba 

15 de mayo de 2011. El pueblo parece abrir los ojos. Un movimiento espontáneo surge en contra del poder financiero y de toda una clase política que, a pesar de mostrarse con distintos colores, termina por ser siempre cómplice de ese poder que lo controla todo.

En aquel entonces, gobernaba el mismo partido político que 10 años después. Y, sin embargo, la impresión que este partido os provocaba era completamente distinta. 

Puesto que, para aquellos que me hayan leído más veces, es evidente que siempre defiendo los cambios de opinión y las contradicciones como algo natural y deseable, en contraste con la inamovible fe, siempre opuesta al cambio y la rectificación, es importante hacer hincapié en tres cosas. Primero, las causas que motivan el cambio; segundo, la velocidad a la que se produce el cambio, y, por último, el grado en el que tal cambio sucede.

En cuanto a las causas, es difícil saber exactamente cuáles son, pero lo que sí se puede deducir fácilmente es cuáles no son. En 2011 reclamabais reformas estructurales para solucionar varios problemas básicos. En esencia, dichos problemas eran el paro, la corrupción y la precariedad laboral. Ninguno de esos problemas está cerca de ser solucionado. Es más, por los efectos de la pandemia, se espera que empeoren a niveles mayores que por motivo de la crisis de 2008. ¿Se puede considerar, entonces, que os han dejado de preocupar?

Para la nueva izquierda, más importante que mejorar la situación de la clase obrera, es asegurar que un inmigrante no pueda ejercer su trabajo sin que una panda de energúmenos le insulte mientras en las redes se le lincha públicamente tweet

Podría argumentarse, efectivamente, que vuestro criterio ha cambiado con los tiempos, y que el paro y la corrupción ahora os importan una mierda (a pesar de ser, estadísticamente hablando, los principales problemas de vuestro país), y lo que verdaderamente os preocupa son los problemas identitarios de los nuevos tiempos de izquierdismo neoliberal: machismo, racismo, ecologismo, derechos de los homosexuales, etcétera (a pesar de ser, estadísticamente hablando, insignificantes en vuestro país). Sin embargo, en 2011 os levantasteis contra un gobierno que, por ejemplo, había aprobado las mayores modificaciones recientes en la legislación en esos apartados favorables a vuestras creencias actuales, la LIVG y la ley de matrimonios homosexuales, siendo además uno de los primeros países en aprobarlas y estando ambas medidas en su campaña electoral, y que además se había mostrado mucho más activo en asuntos como la lucha contra el cambio climático que el gobierno actual. En 2021 os agarráis a un gobierno que no ha hecho, ni siquiera propuesto, nada ni remotamente cercano a lo de aquel otro régimen que os hizo, por primera vez en décadas, salir con los dedos índices apuntando hacia arriba a decir «basta».

Lo que sí hacen los miembros del gobierno en 2021 que no hacían en 2011 es, como en los dos relatos iniciales, atacar deliberadamente a ciudadanos de manera arbitraria y sin pruebas. Para la nueva izquierda, más importante que mejorar las condiciones de vida de la clase obrera, es asegurar que un inmigrante que no ha hecho daño a nadie no pueda ejercer su trabajo sin que una panda de energúmenos le insulte y sin que una panda de justicieros de las redes con ínfulas de superioridad eclesiástica le linchen públicamente.

¿Podría ser la causa de vuestro cambio de opinión, por tanto, el deseo de uniros a ese linchamiento?

Pasando al segundo punto, es decir, la velocidad a la que se producen los cambios de parecer, cuando éstos son repentinos siempre resultan sospechosos. Y si añadimos aquí el tercer punto, el grado en el que los cambios suceden, un cambio repentino que además es de un extremo a otro es ya algo mucho más que sospechoso. Cuando el pensamiento es racional, los cambios de opinión siempre se dan de forma paulatina. Es decir, uno empieza en la posición 0 en el instante 0, para pasar a la posición 1 en el instante 1, y así sucesivamente hasta terminar en la posición 10 en el instante 10, por ejemplo. En vuestro caso, no obstante, se pasó de la posición 0 a la posición 100 en el instante 1. O, dicho con otras palabras, puesto que los números no son tan fáciles de visualizar, en las elecciones generales de 2011 fuisteis a votar (o no) clamando que os daba igual qué polla os diera por el culo si al final os iban a joder igual, y en las elecciones de 2015 resultaba que una de las pollas había pasado a ser excelsa y apetitosa y, la otra, sucia, leprosa y portadora de todo tipo de venéreas.

Sólo hay una situación posible en la que un cambio de opinión repentino puede ser racional, y dicha situación es la rectificación. Si surge una evidencia que demuestra claramente que uno está equivocado, no hay nada de hecho más racional que admitir el error y cambiar de parecer al instante.

No obstante, si vuestro cambio de opinión hubiera sido un proceso racional, se habría basado en que uno de los partidos había tomado tal o cual medida que os parecía bien y por ello vuestra opinión sobre ellos había cambiado ligeramente, sin fanatismos.

En 2011 fuisteis a votar clamando que os daba igual qué polla os diera por el culo si al final os iban a joder igual, y en 2015 una de las pollas había pasado a ser apetitosa y, la otra, sucia y portadora de venéreas tweet

Obviamente, como he explicado unos párrafos más atrás, no es eso lo que sucedió. Los de arriba siguen siendo los mismos, y siguen haciendo exactamente lo mismo por vosotros. Es decir, joderos de todas las maneras imaginables. Sin embargo, cuando en 2011 os meaban encima, abríais el paraguas. Y ahora, en vez del paraguas, lo que abrís es la boca, con la lengua fuera para que no se escape ninguna gotita, disfrutando de la lluvia dorada y paladeando la meada.

Un cambio tan drástico y emocional no puede nunca estar nunca motivado por la razón, sino sólo por la fe. Es decir, que o bien habéis cambiado de fe o bien habéis pasado de ser ateos a ser fieles feligreses de una nueva iglesia. Lo que desde luego no habéis hecho es rectificar, pues lo que supuestamente era una rectificación era aquello que surgió en 2011 y de lo que ya no queda ni una migaja.

Cuando os señaláis entre vosotros

Desconozco cómo fue el proceso que hizo que vuestros dedos dejaran de apuntar hacia arriba para pasar a apuntar a quien tenéis en frente. No sé si esos de arriba, aterrados porque por fin los habíais calado, elaboraron un plan para lavaros el cerebro y desviar ese odio de ellos para que os lo dediquéis los unos a los otros. No sé si, por el contrario, fue un proceso espontáneo a raíz de la imposición de una moda neoliberal estadounidense que ha llevado a sustituir el pensamiento de izquierdas con memeces segregacionistas (sobre esto no hablé aún a fondo, pero lo haré pronto). O quizás es que simplemente el 15-M fue una moda pasajera y vuestra verdadera naturaleza es detestaros entre vosotros y amar a los poderosos que jalean vuestro odio. El caso es que así sucedió. En apenas un par de años, pasasteis de uniros a vuestros compañeros para plantar cara al jefe a convertiros en el pelota repelente que le ríe todas las gracias a éste, con tal de poder dar rienda suelta a vuestro desprecio a aquellos compañeros que cuestionan vuestros nuevos dogmas de fe.

Entre los «justicieros de las redes con ínfulas de superioridad eclesiástica» que venía mencionando a lo largo de este texto se incluyen, como decía, cargos electos, políticos en un puesto de responsabilidad a nivel nacional. Dichos políticos estaban atacando frontalmente y sin pruebas a algunos de sus ciudadanos, alentando y participando en un linchamiento público. Y no sólo no os molesta la idea de que cometan tales abusos, sino que lo defendéis y os unís a ellos alegremente.

En un par de años, pasasteis de uniros a vuestros compañeros para plantar cara al jefe a convertiros en el pelota repelente que le ríe todas las gracias, con tal de poder vomitar odio a los compañeros que cuestionan vuestra fe tweet

En democracia, un político que abusa del pueblo de cualquier forma posible debería ser, como mínimo, destituido e incapacitado para ostentar cualquier tipo de cargo público de por vida. Y especialmente alguien que se considera de izquierdas debería siempre estar en guardia contra la clase política y no permitirles jamás ni el más pequeño de los abusos.

Desdeñar a un político de izquierdas es siempre mucho más de izquierdas que desdeñar a un obrero de derechas. Siempre. Y no hay discusión posible a menos que se quiera negar la existencia de la lucha de clases y del pensamiento de izquierdas, pues dicho axioma es necesario para afirmarlos a ambos. Sobre esto ya hablé más a fondo en otra ocasión, por si a alguien le interesa.

Cuando la izquierda se convierte en perro guardián y lameculos oficial de la clase gobernante, la lucha de clases se puede dar por concluida y perdida. Y esa izquierda, por mucho que conserve su nombre, de izquierda ya no tiene nada.

Como en ese par de relatos iniciales, habéis eliminado de vuestra realidad todo posible hecho objetivo que no se ajuste a vuestras creencias políticas. Y llevo utilizando la palabra «creencias», y no «ideas», desde el comienzo de este artículo porque las ideas están abiertas a la rectificación, especialmente cuando tal rectificación supone aceptar una realidad indiscutible. Lo vuestro no son ideas, son creencias. Y, como decía, habéis sustituido ideas por creencias con el objetivo de componer una nueva realidad en la que todo lo que no forme parte de vuestra guerra no exista.

Liudmila PavlichenkoSi echamos un vistazo de nuevo a todo lo que exponen las historias contadas más arriba, se pueden deducir los motivos por los que tomasteis tal decisión. Primero, el amor verdadero a vuestro líder queda descartado como opción. Aunque defendéis con uñas y dientes a vuestros líderes políticos, el hecho de que hace tan solo 10 años los situabais en el mismo espectro que a vuestros actuales enemigos, unido a que las acciones y medidas tomadas por ellos en tiempos recientes no estaban destinadas a rectificar aquello por lo que os levantasteis contra ellos ni a mejorar vuestro bienestar, sino a la lucha directa con esos enemigos, demuestra que en realidad no los amáis, sino que simplemente los consideráis aliados de vuestra lucha, puesto que tenéis un enemigo en común.

Esto, unido al hecho de que habéis cercenado de vuestros relatos toda posibilidad de desenlace que no acabe en linchamiento a un cabeza de turco arbitrario, termina por lanzar una única conclusión posible: Los motivos que os llevaron a dejar de señalar hacia arriba y empezar a señalaros en horizontal no son discrepancias ideológicas. El único motivo es el odio.

Vuestra única ideología es el odio puro, la sed de sangre, el deseo de deshumanizar y linchar a alguien en base a creencias religiosas, y la necesidad de sentir justificadas moralmente tales inclinaciones sádicas. Todos vuestros razonamientos no son más que intrincados caminos hacia algo muy distinto del consenso y la convivencia. El único posible destino de vuestra lógica es la legitimación del uso de la violencia, ya sea física o psicológica. No buscáis soluciones; buscáis culpables. Y no los buscáis para erradicar un problema, sino para saciar vuestra sed de sangre, para obtener una justificación legítima al linchamiento de otras personas sin remordimiento alguno, convencidos de que lo que estáis practicando es el bien absoluto.

Se dice mucho que en España todo hecho o suceso se «politiza». Discrepo. En política, en teoría, debería haber lugar para el debate; debería, aunque rara vez se alcance, existir una mínima posibilidad de consenso; debería haber respeto a opiniones divergentes, y deberían existir objetivos constructivos más allá de sobreponerse al rival. Donde no hay nada de eso y sí mucho de lo que se hace en España con todo acontecimiento es, no en la política, sino en la guerra.

No 'politizáis', sino que 'guerracivilizáis'. Cada pequeño acontecimiento, como un insulto en el fútbol, así como cada gran acontecimiento, como una pandemia, no son para vosotros más que batallas de vuestra guerra santa particular tweet

Efectivamente, en España no «politizáis», sino que «guerracivilizáis». Cada pequeño acontecimiento, como un insulto en un partido de fútbol, así como cada gran acontecimiento, como una pandemia mundial, no son para vosotros más que un par de batallas más de vuestra guerra santa particular.

¿Y cuál es la moraleja de esta trilogía de relatos en pares? Ninguna. Mejor dicho, cualquier moraleja posible ha sido eliminada de antemano de vuestra realidad, ya que supondría cuestionar alguno de los preceptos del guerracivilismo dogmático en el que os habéis empeñado en vivir. El único final posible para vosotros es la aniquilación total del enemigo, cuanto más sangrienta, mejor.

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