Cada vez que se acercan elecciones, no deja de repetirse una y otra vez lo importante que es ejercer el voto. Y con el paso de los años, el mensaje se está volviendo más explícito, más frecuente y más agresivo. Como un mantra religioso, el mensaje no viene acompañado de una explicación racional apropiada y sí de un aura de superioridad moral del que vota con convicción, quien con ello se quita de encima cualquier tipo de responsabilidad sobre el resultado de la votación para otorgársela al escéptico y al indeciso, culpables de todo mal electoral.

Cuando las ideas se convierten en creencias y el debate en lucha dogmática, es buen momento para la reflexión. ¿Es realmente tan importante votar? Si es así, ¿por qué?

El sentido del voto

En vuestra sociedad normalmente se asocia el voto a la democracia. Cuando uno habla de votar, enseguida la palabra «elecciones» surge automáticamente por asociación. Pero, a la hora de buscar razones, es importante regresar al comienzo, eliminar todo elemento cultural y analizar las ideas desnudas. Hay que comprender qué es el voto por sí mismo.

Si nos abstraemos de todo lo que lo rodea habitualmente, votar consiste en tomar una decisión basándose únicamente en el número de individuos que escogen una misma opción. Esto requiere un par de supuestos: Primero, que esas opciones sean reducidas, claras y limitadas. Y segundo, que las opciones sean independientes y no se solapen. Es decir, que el hecho de escoger una opción implica necesariamente que todas las otras opciones son rechazadas.

El voto es obligado
«Obliga a alguien a ayudarte a imponer tus ideas»

No sé si a alguien más le pasa, pero al mencionar todos esos elementos del voto, al igual que a otros se les viene a la mente la fiesta electoral, a mí se me viene a la mente otra forma de tomar decisiones: el consenso. El consenso requiere los siguientes supuestos: Primero, que las opciones a elegir sean infinitas, o que al menos no se limiten a un número reducido. Y segundo, que la decisión final no sólo pueda admitir que las opciones se solapen, sino que ése es el objetivo ideal, que la decisión final incluya en la medida de lo posible un poco de todas las opciones consideradas.

Queda bastante claro entonces que el voto es exactamente lo opuesto al consenso. Pero para que quede más claro, veámoslo con un sencillo ejemplo.

En nuestro ejemplo tenemos a tres personas y la decisión consiste en practicar sexo en grupo. Si el método de decisión elegido es el consenso, el resultado tiene infinitas posibilidades. Podría ser que todos decidan practicarlo y se monten un trío, podría ser que no se pongan de acuerdo y todos se marchen a casa, podría ser que dos se pongan de acuerdo para follar y el otro se marche, podría ser que todos ellos decidan follar en parejas por turnos, que decidan practicar sólo sexo oral, que llamen a un cuarto integrante y organicen un bukkake… En fin, como decía, las posibilidades son infinitas, pero en todas ellas brillan la libertad individual y la ausencia de imposiciones.

Si tenemos a tres personas y la decisión consiste en practicar sexo en grupo, ¿qué ocurre si dos votan por el «sí» y uno vota por el «no»? Efectivamente, lo que ocurre es que el voto está legitimando una violación. tweet

Si, por el contrario, se elige el voto como método de decisión, para empezar sólo hay dos opciones a elegir por los participantes: «sí» o «no». Si todos votan por la misma de esas opciones, entonces el resultado es igual que en el caso del consenso, con la diferencia de que el proceso no admite debate o reflexión. Pero entre las varias posibilidades, hay una curiosa. ¿Qué ocurre si dos votan por el «sí» y uno vota por el «no»? Efectivamente, lo que ocurre es que el voto está legitimando una violación. Y es en eso en lo que el voto consiste en última instancia: en imponer lo que decida la mayoría sin el consentimiento del resto.

El sentido de la democracia

Analizados pues los dos métodos, podemos regresar de la abstracción y entrar de nuevo en el terreno de la democracia. Una democracia ideal, ¿en qué método para tomar decisiones debe basarse, en el voto o en el consenso?

Por simple sentido común, uno diría que lo más sensato es que la democracia se base en el modelo de decisión más justo, siendo éste obviamente el consenso, por lo explicado más arriba. Es hora pues de analizar el modelo democrático y determinar si efectivamente se sustenta en el consenso, como dice el sentido común, o en el voto, como dicen todos los «demócratas».

Los principios democráticos pueden ser varios dependiendo del tipo de democracia o la fuente que se consulte, pero en lo que siempre parece haber un consenso claro es en que los pilares fundamentales de la democracia son la igualdad, la separación de poderes y el respeto a los derechos fundamentales. ¿Garantiza el voto dichos principios? Es difícil imaginar cómo podría. El hecho de que la voluntad de una mayoría se imponga sobre las voluntades minoritarias ya de por sí rompe el principio de igualdad. Los derechos fundamentales también podrían ser fácilmente violados si se votase algo que los afectase. E igualmente la separación de poderes sería difícilmente sostenible si se pudiera votar a favor de centralizar el poder en un único ente.

Lo que sostiene a una democracia es el consenso sobre sus principios fundamentales y lo que los protege es precisamente el hecho de limitar el poder del voto a su más mínima expresión. tweet

Parece evidente que, si se quiere utilizar el voto como método de decisión en una democracia, habría que limitar su radio de acción todo lo posible. Lo que sostiene a una democracia es el consenso sobre sus principios fundamentales y lo que los protege es precisamente el hecho de limitar el poder del voto a su más mínima expresión. Puesto que los principios democráticos consisten en el respeto a todo individuo que forma parte de la sociedad, no se me ocurre nada más antidemocrático que permitir que una votación viole los derechos de las minorías para imponer el criterio de una mayoría. Es por ello necesaria la existencia de una constitución y un marco legal que garanticen que el consenso alcanzado para definir los principios democráticos se mantenga protegido de los posibles resultados de una votación arbitraria.

En otras palabras, la democracia no se basa en el voto sino en unas estructuras consensuadas y robustas que obliguen a que el voto se utilice lo menos posible.

El voto inútil

Es hora de volver a la pregunta inicial: ¿Es realmente tan importante ejercer el derecho al voto?

Vota o muere

En primer lugar, dependería de qué es eso que se vota. Si lo que se quiere decidir es totalmente irrelevante, el voto es tan irrelevante como lo es el objeto del voto. Si lo que se quiere decidir viola alguno de los principios democráticos, no sólo no es importante votar, sino que se antoja fundamental no hacerlo para no formar parte de la violación en grupo que ello supondría. Y si lo que se quiere decidir es un asunto de suma importancia en el que una solución consensuada es imposible, entonces… no, entonces tampoco es importante que cada individuo ejerza su derecho al voto. Porque el voto es una herramienta inútil en sociedad, especialmente en el ámbito de la lucha de clases. Y no sólo eso, sino que además permite ser utilizado como excusa para culpar al votante de las malas decisiones de las clases poderosas.

En un mundo ideal, los representantes políticos se escogerían como quien selecciona al mejor candidato para un puesto de trabajo. Nunca fijándose en si tiene unos valores morales similares a los propios. tweet

En un mundo ideal en el que la gente no fuese ni estúpida ni fundamentalista, el voto sólo se utilizaría como herramienta de censura al incompetente. O, dicho de otra manera, para mandar a la mierda a los representantes políticos que abusen de su posición o realicen mal su trabajo, de modo que al final sólo quede gente íntegra y bien preparada en posiciones de tanta responsabilidad. Es por ello que se votaría cada X años: Para evitar que los políticos se acomoden en su posición y sigan haciendo su trabajo lo mejor posible, tratando de evitar ser despedidos en las subsecuentes elecciones. En esa sociedad ideal, los representantes políticos se escogerían como quien selecciona al mejor candidato para un puesto de trabajo. Es decir, analizando sus capacidades, su experiencia, su voluntad para dar lo mejor de sí y su integridad, y nunca fijándose en sus creencias personales o en si tiene unos valores morales similares a los propios.

En la aberración de democracia adulterada de la que disfrutáis, en la que el voto es lo más importante y lo que más interesa de un político es en qué bando ideológico diga posicionarse, sucede además que los candidatos a los que se vota son todos absolutos incompetentes, desde el que no hace más que repetir enérgicamente el nombre de la empresa que lo entrevista hasta el que escribe su propio nombre en el CV con errores ortográficos intencionados para mostrar su afiliación a una secta. Y, en vez de rechazarlos a todos, os empeñáis en regalarles un voto que no sirve para nada más que para legitimarlos y para descargar sobre vosotros mismos la responsabilidad de sus errores y abusos.

Buscando culpables

Los buenos
«Nosotros somos El Bien»

Y con todo eso bien sabido, seguís queriendo defender esa falsa verdad, fruto del pensamiento neoliberal, que otorga al pueblo la culpa sobre los actos de las clases dominantes. «Disfruten lo votado». «Tenemos lo que nos merecemos»… Muchas son las absurdas afirmaciones que hacéis para disculpar al político corrupto o inepto. Y lo hacéis, no porque deseéis ser culpables (obviamente), sino porque votáis con la firme creencia de que lo que votáis representa al bien absoluto y que todos aquéllos que no tomen vuestra misma decisión no pueden ser otra cosa más que integrantes del mal.

Es decir, que os alineáis con el concepto de culpa neoliberal y con ello abandonáis la lucha de clases porque habéis hecho de vuestro enemigo no a las clases dominantes, sino al proletario que piensa diferente. Vuestra lucha ya no es contra el poder, a quien perdonáis todo abuso siempre que lo hagan en nombre de vuestras mismas creencias. Vuestra lucha es contra el que tiene unas creencias distintas. Y en esa lucha horizontal es donde por fin se muestra la importancia del voto. El voto es el arma principal para que la propia ideología se imponga y subyugue a las ideologías discrepantes.

Vuestra lucha ya no es contra el poder, a quien perdonáis todo abuso siempre que lo hagan en nombre de vuestras mismas creencias. Vuestra lucha es contra el que tiene unas creencias distintas, y el voto es el arma principal. tweet

Efectivamente, es de aquí de donde surge aquella afirmación incuestionable sobre la importancia del voto. De simplificaciones maniqueas, de creencias dogmáticas que vienen a sustituir a las ideas racionales de las que alguna vez surgieron. En vuestra sociedad, el voto es importante porque es la manera definitiva de clasificar a los individuos entre los buenos (los que votan lo mismo que yo) y los malos (los que votan otras opciones). Y, puesto que sin voto no hay saco, no hay nada más molesto para el fundamentalista que el individuo que no vota, que surge como esa realidad científica que amenaza con echar por tierra todas las bases sobre la que se sustenta la religión, como ese pacifista que se niega a participar en una guerra absurda.

Por eso, la solución, al igual que hizo la Iglesia con el ateo, es la de meter a quien no vota en el peor saco de todos: el de los herejes, el de los pérfidos que no creen en la democracia y que reniegan del bien absoluto representado por la propia fe.

La importancia de no votar

Los malos
«Los otros son El Mal»

¿Por qué no votar? Es cierto, no votar no sirve para nada. Pero, ¿y votar? ¿Sirve para algo aparte de para mostrar tu conformidad con un sistema podrido y para legitimar en el poder a una panda de impresentables? ¿Sirve para algo aparte de para validar las diferencias de clase existentes y dar alas a los poderosos para agravarlas?

Uno no necesita una razón para no hacer algo, sino para hacerlo. La acción natural por defecto es no hacer nada, y uno sólo pasa a la acción cuando tiene un motivo para ello.

La verdadera pregunta, por tanto, es: ¿Por qué sí votar? Y no se me ocurre ningún motivo lógico para ello. Todos los posibles motivos para levantarse del sofá un domingo y hacer el esfuerzo de ir al colegio de turno a meter una papeleta en una urna pasan necesariamente por la fe en el sistema y en quienes lo representan. Porque sin esa fe es una acción totalmente ridícula. ¿Por qué pollas iba uno a perder el tiempo en meter papeletas con los nombres de unos cuantos cretinos en una puta urna?

Preguntar a alguien por qué no vota es como preguntarle por qué no va a misa, por qué no practica el Ramadán o por qué no corretea en pelotas por la calle tirándose de los pelos. Todas ellas son acciones igual de ridículas para el que no tiene fe en ellas. Si uno no tiene fe en el sistema y le asquea la clase política que lo maneja, ¿qué motivos tiene para votar?

El voto, en definitiva, no es más que una forma de decidir quién está a cada lado del bukkake. Quien vota lo hace con el deseo de formar parte de esa mayoría que se corra en la cara del resto. Y, si os toca poner la carita a disposición de los penes mayoritarios, a quien culpáis de inmediato es a quien, desde un principio, se negó a participar en la violación grupal, a quien ni siquiera tiene el deseo de imponer su voluntad sobre el resto.

Cuando el individuo pacífico y escéptico se convierte en el principal enemigo, quizás deberíais empezar a preguntaros hasta qué punto vuestra sociedad está enferma. Y, si algún día llegáis a acabar con esa enfermedad, no sé muy bien cómo lo lograréis, pero sí que puedo asegurar algo: no será con votos.

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