La dictadura del caos

Me asomo y veo a gente, mucha gente y muy similares entre ellos todos sus integrantes, que cree desafiar al orden establecido tratando de establecer un nuevo orden que en realidad es una imitación del anterior aunque con pequeños matices que lo hacen aún más estúpido. Y me divierto observando el espectáculo desde la reconfortante incomodidad del caos.

El universo es caótico. La realidad es caótica. Pero los humanos, quienes se encuentran por casualidad en ese universo y tratan de comprender esa realidad mediante abstracciones, no pueden soportar la visión del verdadero caos ni siquiera de manera momentánea. Sienten pánico ante el excitante abismo de la incertidumbre, es decir, ante la simple idea de comprender que hay cosas que no pueden comprender. Es por ello que encierran su mente entre muros de simplificaciones a las que proporcionan un orden arbitrario, aunque sea de la manera más absurda. Necesitan crear un orden artificial. Y todo lo que escapa de la abstracción que han creado, los acojona.



Una de tales abstracciones es la tendencia a agrupar todo aquello que es similar o cercano para pasar a verlo como un todo. Si en algún momento no pueden clasificar los hechos u objetos en categorías, parecen volverse locos. Esto ocurre también, por supuesto, a la hora de percibir a otros individuos.

A pesar de que, en teoría, cada persona es individual y libre, el resto de personas (y el propio interesado también) no pueden soportar esa independencia, puesto que supone la aparición de un elemento del caos. Por ello, es necesario para todos estructurarse formando grupos o colectivos, según similitudes físicas o emocionales, o según cercanías geográficas o ideológicas.

La dictadura de los colectivos

Y sucede que dichos grupos arbitrarios se acaban convirtiendo en el elemento más básico de la sociedad, suplantando al legítimo dueño de esa posición que es el propio individuo. Las verdaderas minorías – los individuos – son agentes del caos. Por eso hubo que inventar otras minorías y dichas “minorías” deben ser colectivos. Tales colectivos, al estar fundamentados en la irracionalidad, precisan de un mecanismo de defensa igualmente irracional. Tal recurso consiste en el ataque frontal y desproporcionado a todo aquél que cuestione las características de su grupo, acusando inmediatamente de intolerante a ese necio que osó tambalear los cimientos de su realidad.

Así, el individuo se ve sometido a un régimen en el que nada de lo que le suceda importa, a menos que su problema pertenezca a un colectivo, y nada de lo que haga importa, a menos que su acción sea percibida como una ofensa por algún grupo.

La intolerancia ya no es el acto de despreciar al individuo que es diferente, sino el acto de cuestionar o criticar las motivaciones, costumbres o ideas de un grupo que goce de una situación de poder en el terreno ideológico tweet

La intolerancia ya no es el acto de despreciar al individuo que es diferente, sino el acto de cuestionar o criticar (sin importar cuán razonables sean tus críticas) las motivaciones, costumbres o ideas de un grupo que goce de una situación de poder en el terreno ideológico. De hecho, ese solitario bicho raro que otrora era víctima de la intolerancia de la sociedad es el único que ya no puede ser víctima, puesto que ahora la intolerancia sólo puede estar dirigida a quien comparte un fuerte sentimiento de pertenencia a un grupo junto con otros como él.

La dictadura de los ofendidos

El imperio de los ofendidos
“No oses desafiar el poder de los ofendidos o pagarás las consecuencias”

Según el orden actual de la sociedad, criticar la ideología islámica es intolerante porque hay un colectivo que la defiende. Criticar las ideas personales de un individuo libre, sin embargo, es totalmente admisible. Acaparar el espacio de otros en el transporte público es una falta de educación, pero sólo en un caso concreto puede ser ofensivo: Cuando un hombre abre las piernas al sentarse es el único caso en el que es intolerante, puesto que tal ofensa ha sido asumida por un colectivo. Sin embargo, uno puede, por ejemplo, bailar claqué sobre el asiento con una mierda de perro en la cabeza, y eso podría resultar cómico, inapropiado o de mal gusto, pero nunca será intolerante hasta que algún grupo organizado se apropie de esa ofensa y la extienda a todos los miembros de su agrupación.

El derecho a ser víctima sólo existe si formas parte de un colectivo, o en todo caso si te proclamas defensor de los ofendidos de tal grupo, pero nunca si te ofendes como individuo. Es decir, puedes ofenderte como mujer o como musulmán, o si eres un hombre ateo, también puedes ofenderte en nombre de las mujeres o de los musulmanes. Pero ¿ofenderte como persona? No, lo siento. Te jodes. Sin pertenecer a un grupo, pierdes todos tus derechos. ¡Si hasta las víctimas de la violencia o del terrorismo tienen que tener su correspondiente asociación para poder ser víctimas!

Alguien ha situado los límites de la libertad de expresión justo allá donde el individuo libre pasa a formar parte de un rebaño tweet

Alguien ha situado los límites de la libertad de expresión justo allá donde el individuo libre pasa a formar parte de un rebaño. Con lo cual, el pensamiento independiente es el único que jamás podrá gozar de ese recientemente creado derecho a sentirse ofendido.

La dictadura de las víctimas

Todo esto tiene especial gracia cuando los que actúan como defensores de los ofendidos creen firmemente que están protegiendo a los débiles.

Es gracioso, en primer lugar, porque a quien en realidad están protegiendo es a quien somete y controla a ese colectivo, es decir, al líder ideológico que convierte a un grupo heterogéneo de individuos en una masa de pensamiento homogéneo. Un grupo no puede compartir un mismo pensamiento sin un líder que genere, inculque y controle dicho pensamiento en la mencionada masa.

Y, en segundo lugar, y por esa misma razón, porque un colectivo, por el hecho de ser masa, no puede ser débil. Si hay alguien débil, que merece ser protegido, es el individuo que piensa con independencia y cuyo derecho a ejercer su libertad de expresión es constantemente pisoteado por estos predicadores de la corrección política. Jamás se vieron minorías tan mastodónticas. Jamás se vieron samaritanos tan engreídos.

Jamás se vieron minorías tan mastodónticas ni samaritanos tan engreídos tweet

En un mundo en el que la sagrada democracia es una verdad absoluta, todo lo que huela a mayoría, es decir, toda opinión que sea compartida por una masa, se considera real. ¿Opiniones individuales? No, gracias. Eso es ofensivo. La única opinión válida es la que comparte toda una masa con un mismo pensamiento.

Y es por eso que comienzo este blog: Para ofender. Para estorbar. Para incomodar. Para escandalizar. Para aliviar la hinchazón de mis huevos mentales. Siempre he sido un individualista, un amante de las buenas pajas mentales. Pero en este caso se quedan cortas. En estos tiempos se empieza a hacer necesario que todos los intolerantes y ofensores os unáis a mí y juntos hagamos un masivo bukkake mental en las caras de los ofendidos, de las víctimas y de los abanderados de las minorías.

Bienvenidos al Bukkake Mental.

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